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La aptitud social según Carlos Felice: vínculos, resiliencia y humanidad

En una época atravesada por la hiperconexión digital y el debilitamiento de los lazos humanos, Carlos Felice propone una reflexión profunda sobre el valor de la presencia, la resiliencia afectiva y la capacidad de sostener vínculos auténticos. A partir de conceptos filosóficos, observaciones sociales y hallazgos del histórico Estudio de Harvard sobre el Desarrollo de Adultos, el autor analiza cómo la cultura contemporánea transformó el encuentro humano en un acto cada vez más frágil, inmediato y descartable.
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Carlos Felice para Opinafe | 

Imagen extraída de Google

La aptitud social según Carlos Felice: vínculos, resiliencia y humanidad
01.06.2026 16:29 | Así lo confirma el antiguo Estudio de la Universidad de Harvard sobre el Desarrollo de Adultos, la misma certeza que el sentido común ha repetido desde siempre y que la filosofía existencial proclama. No tejemos la tela de la vida con logros contables. Tampoco la volvemos sólida con la fama o con los ceros del banco. La vamos hilando gracias a la intensidad y la riqueza de los afectos. Por eso Robert Waldinger, quien dirigió el estudio, y su colega Marc Schulz inventaron una expresión para nombrar el hallazgo: aptitud social. El giro resulta tan gráfico como desafiante. La metáfora de la salud corporal nos lleva a imaginar los vínculos como órganos que se deterioran o se endurecen si no los movemos. Por ello necesitamos ejercitarlos a diario y con una atención concreta. Al llevar la imagen a la escena presente surge la paradoja. Habitamos el siglo de la hiperconexión. No obstante atravesamos una atrofia inédita, una sarcopenia callada y compartida de la habilidad para acercarnos al otro. Se supone que la red social global nos enlaza, sin embargo somos cada vez menos aptos para el encuentro con la otredad.

El desplome del tono relacional se explica con claridad cuando recordamos que la rutina online y los hábitos de consumo digital nos han condicionado a creer que basta un simple gesto para contactar con cualquiera. Lo hacemos sin poner esfuerzo real. Un puñado de clics, frases sueltas que valen poco, o el mero desliz del dedo que la pantalla registra son suficientes para perpetuar el espejismo de la conexión.No obstante, igual que el cuerpo, el músculo social se desploma cuando no trabaja bajo carga. La presencia auténtica pesa más porque nos exige permanecer con el otro, dejarnos afectar y lidiar con su cuerpo, sus pausas, su imprevisibilidad. Nos recuerda la urgencia que el algoritmo borró. Aparece entonces una esterilidad que comprime la agenda y deja al prójimo en un rincón inofensivo. Su perfil puede ser aplanado, manipulado y borrado a la mínima molestia. Lo silenciamos, lo bloqueamos, lo archivamos.

No obstante, al suprimir la fricción dejamos escapar la ocasión de forjar resiliencia conjunta.A la cultura relacional sedentaria que afloja los músculos sociales se suma el apetito de una sociedad obsesionada con el individuo. En un medio que mide todo según la eficacia y vende la promesa de una perfección infinita cualquier cosa que se oriente a lo social pierde valor y se vuelve residuo. Invertir en amistad o regalar tiempo para escuchar pasa a ser improductivo, igual que acompañar a un amigo que está perdiendo a su familia.

En ese punto la atrofia se cruza con la economía del descarte. El otro vale si me rinde un beneficio, tan solo el saldo entre coste y ganancia. Aquí es cuando llevamos la lógica del consumo y la obsolescencia programada al terreno afectivo. Si el lazo se tensa o se quiebra, si surge un conflicto, si el reto consiste en poner al otro por delante de nosotros, la primera reacción es marcharnos o cambiar de escenario.

El panorama se vuelve más inquietante porque ahora se legitima mediante una apropiación tramposa del discurso de la salud mental. El autocuidado, la creación de límites y la defensa del espacio propio se convierten en coartada de un individualismo radical y egoísta. Se nos invita a tirar todo lo que ya no sea positivo. Parece que cualquier asunto que reclame sacrificio o provoque malestar puede etiquetarse en segundos como tóxico, y que todo intento de mediación sobra. De ese modo, no solo quedamos como analfabetos emocionales.

También tomamos las reacciones sanas ante conductas nocivas por un trastorno que nos deja sin recursos frente a la más mínima frustración.Si creemos que un vínculo vale solo mientras resulte placentero y nos dé felicidad, nos negamos a nosotros mismos, seres frágiles y llenos de paradojas. Nos privamos de la tragedia propia de la conexión, ya que nadie vive sin la colisión inevitable. Si reparar exige mucho más trabajo que abrir un enlace nuevo en el Metaverso, la salida lógica es, por supuesto, dejarlo.

Ante tal escenario urge reclamar la resiliencia como forma de resistencia ética y política, muy lejos de la visión cosmética del bienestar. El músculo, igual que el tendón y el ligamento, crece bajo la ley de la tensión. Cuando la tensión sube se rompen más fibras diminutas y luego se rearman para crear un tejido más denso y elástico. Lo mismo sucede con el vínculo. Este se ensancha y se refuerza mediante una crisis que reclama entrega total, presencia y desactivación del ego.

El lazo se hace fuerte cuando elegimos quedarnos en el dolor de la lucha y aprendemos a pedir perdón y a mirar a los ojos a quien nos enfrenta.Durante casi cien años de seguimiento las trayectorias más sanas y felices que Harvard recogió no fueron de quienes esquivaron las tormentas sino de quienes mantuvieron la fuerza interna para seguir sosteniendo la mano de otro en el centro del huracán.

Por lo tanto no cabe tratar esto como otra habilidad blanda de la llamada gestión humana ni como simple recurso de adaptación al cambio constante. Hablamos más bien de una decisión de seguir dentro del juego y de mostrarnos vulnerables, de consentir que el otro nos toque.

No hay acto más reivindicativo en una cultura de egocentrismo y disociación que alimentar el hilo que nos une y dedicarse a su reparación. El secreto de la longevidad y de la dicha no está en la auto-mejora ni en entrenar aislado en un gimnasio existencial. Reside en pertenecer a una comunidad que conserva su fuerza porque no abandona a nadie.
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